Literatura y Necrofilia
Parte 1
Víctor Bustamante
para el ánima sola
No hay desalojo más grande para el devenir de la cultura de una ciudad que lo que actualmente realizan Comfama y el Metro. En apariencia parece que promovieran la presencia de escritores antioqueños, pero no, en realidad lo que hacen es volver a lo mismo: a los escritores que desde años nos señalan, desde la eternidad de papel, como si Medellín y el departamento vivieran una cultura de homenajes a muertos sublimes, como concepto primordial de especialistas en centenarios o bicentenarios. Lo cierto es que así no se construye un proyecto literario, pero si se desaloja a los escritores actuales, a aquellos que nos ha tocado vivir el Proceso Medellín: lejos del canto a la cultura de sicarios y, nada menos, que a la subcultura de tercera categoría que es la de publicar y fusilar autores conocidos, muy conocidos, y que ahora de nuevo nos hacen conocer aquellos que piensan que la escritura es un eterno empezar. Pero de otro lado lo que se oculta es una doble significación: la exclusión a reconocer al otro, al escritor o poeta contemporáneo. Es fácil ubicar a escritores muertos, los mismos que padecemos hace tanto tiempo. En este caso, sus promotores, no se atreven a buscar, al menos, escritores distintos que hayan salido de esa cultura ultramontana, con un halo de riesgo, y que hayan abierto un camino diferente.
Sólo al leer estos autores, los que identifican a Antioquia: otra vez el gran Carrasquilla, otra vez su epígono Pacho Rendón, el sobrevalorado Efe Gómez, Sofía Ospina de Navarro, Epifanio Mejía, Gregorio Gutiérrez González y un largo etcétera lleno de afrecho, desesperanza, barbas de maíz, con desfile de silleteros a bordo: síntesis de un alevoso pasado que oculta algo, es como si el tiempo se hubiera detenido y viviéramos empecinados en mirar folios y folios de textos que ya no nos expresan, pero que a los malos lectores de estas instituciones les parece la mayor novedad del mundo, perdón debería haber dicho de su provincianismo, y viviéramos en una región donde no ocurre nada, como si no existieran escritores en proceso con una obra.
El Metro y Comfama se ufanan de haber publicado 126.000 ejemplares de esos libros de bolsillo con los mismos escritores que aplazan el presente en Medellín, y en Antioquia, como una contradicción en el departamento más dinámico del país en todos sus aspectos, social y económico, pero nunca en la literatura: desde ese concepto que la concibe como si fuera un cementerio y cada libro una lapida que colocaran a la luz pública para negar a los escritores contemporáneos.
Y es cierta esa negación, pura intolerancia, vicio consuetudinario, desde hace mucho tiempo, ya que quienes realizan estas antologías prefieren dialogar con el pasado, para ocultar y darle una zancadilla a los escritores presentes. Todo esto relacionado con una broma borgiana, acerca de que el mejor antólogo es el tiempo. Mentira, el mejor antólogo son los lectores actuales.
Hasta donde sabemos en el Metro nunca viajan cadáveres ni Comfama es subsidiada con presupuestos para favorecer muertos, pero en cuestión de literatura parece que estuvieran enredados en cantarle a los poetas de las églogas del pasado que persisten como una rémora y a la eterna y despreciable celebración de los muertos, sólo por ocultar el proceso vital de las escrituras presentes.
Irrespeto y desprecio es la bofetada que le dan a los escritores de la ciudad cuando el 28 de octubre le realizaron otro homenaje a Poe, el 30 otro a Lowri con disfraz a bordo. No es que neguemos a nuestros maestros, sino que también esperamos que se la realicen a escritores vivos, no a los únicos tres que son representativos para Comfama y el Metro.
Una literatura late y está presente en sus escritores que expresan la ciudad y nos dan su actitud frente a ella. Lo demás es un refugio, una falsa alegoría al pasado. Los escritores muertos se buscan en las bibliotecas y en las antologías. Los escritores vivos se miran de frente, se critican, se debaten, y se reconocen. A estas entidades y a sus antologistas les falta riesgo personal, actitud y ser respetuosos con sus contemporáneos.
La literatura no es un fraude que se le hace al presente, n eterno funeral, la literatura es lo vital, lo que nos define, no los continuos aplazamientos con homenajes a escritores muertos, ellos ya están reconocidos. Esta persistencia actual es la cultura de un incesante mutuo auxilio y de cementerio. Los lectores de estos pequeños libros pensaran que en Medellín nadie escribe porque continúan leyendo el paisaje mustio de hace muchos veranos.
Miremos las novedades que muestran el atraso cultural y el desprecio de el Metro y Comfama a la literatura antioqueña: Carrasquilla, León de Greiff, Efe Gómez, Porfirio Barba-Jacob, Fernando González, Jesús Botero Restrepo, Piedad Bonnett, Sofía Ospina de Navarro, Francisco de Paula Rendón, Estanislao Zuleta, Jaime Jaramillo Escobar, Marco Fidel Suárez, Rocío Vélez de Piedrahita, Mario Escobar Velásquez, Luis Tejada, Víctor Gaviria, Manuel Mejía Vallejo, Joaquín Antonio Uribe, María Eastman y Amalia Lú Posso.
Antología de poemas de Epifanio Mejía; El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes Saavedra; Antología de poemas de José Asunción Silva; Antología de cuentos infantiles de los grandes maestros de la literatura universal; Antología de cuentos de suspenso y terror de los grandes maestros de la literatura universal; Antología de ensayos de Baldomero Sanín Cano, y Ensayo científico sobre la vida y la obra de Julio Garavito.
No, pues, qué descubrimiento, qué novedad de novedades, signo de que en la publicación, Palabras rodantes, consideran la literatura algo fosilizado. Cuando me entregaron los últimos libros de esta colección, se me cayeron de las manos. Ya los había leído con sus raicillas terrígenas y risibles, con su alegoría a la Antioquia del hacha y con los jorgerobledismos que le encantan a muchos ejecutivos de la cultura. Mejor, me dispuse a leer unos poemas de Darío Ruiz, de Omar Castillo, de Jairo Guzmán, una crónica de Juan José Hoyos, un poema de Jota Arturo Sánchez, otros poemas de Raúl Henao y de León Gil, una novela de Fernando Vallejo, la novela sobre Spinoza de Memo Ángel, un texto de Reinaldo Spitaleta, un cuento memorable de Jaime Espinel, una provocación de Gajaka, un poema de Pedro Arturo Estrada, la reciente novela de Gustavo Gómez o un poema de Mario Ángel.
Publicar muertos es muy fácil, basta saquear textos, no pagar derechos de autor, no reconocer el presente. Lo trascendental es mirar alrededor a los creadores contemporáneos y nuestro deber es leerlos.
El Metro se precia de ser el transponte más moderno del país, accionado con electricidad y sin contaminar. Comfama posee uno de los edificios más modernos del centro, y es una caja de compensación líder en su campo, pero en la mentalidad de los directores, de ambas instituciones, abunda la soberbia empresarial, la necrofilia e irrespeto a nuestros escritores.
para el ánima sola
No hay desalojo más grande para el devenir de la cultura de una ciudad que lo que actualmente realizan Comfama y el Metro. En apariencia parece que promovieran la presencia de escritores antioqueños, pero no, en realidad lo que hacen es volver a lo mismo: a los escritores que desde años nos señalan, desde la eternidad de papel, como si Medellín y el departamento vivieran una cultura de homenajes a muertos sublimes, como concepto primordial de especialistas en centenarios o bicentenarios. Lo cierto es que así no se construye un proyecto literario, pero si se desaloja a los escritores actuales, a aquellos que nos ha tocado vivir el Proceso Medellín: lejos del canto a la cultura de sicarios y, nada menos, que a la subcultura de tercera categoría que es la de publicar y fusilar autores conocidos, muy conocidos, y que ahora de nuevo nos hacen conocer aquellos que piensan que la escritura es un eterno empezar. Pero de otro lado lo que se oculta es una doble significación: la exclusión a reconocer al otro, al escritor o poeta contemporáneo. Es fácil ubicar a escritores muertos, los mismos que padecemos hace tanto tiempo. En este caso, sus promotores, no se atreven a buscar, al menos, escritores distintos que hayan salido de esa cultura ultramontana, con un halo de riesgo, y que hayan abierto un camino diferente.
Sólo al leer estos autores, los que identifican a Antioquia: otra vez el gran Carrasquilla, otra vez su epígono Pacho Rendón, el sobrevalorado Efe Gómez, Sofía Ospina de Navarro, Epifanio Mejía, Gregorio Gutiérrez González y un largo etcétera lleno de afrecho, desesperanza, barbas de maíz, con desfile de silleteros a bordo: síntesis de un alevoso pasado que oculta algo, es como si el tiempo se hubiera detenido y viviéramos empecinados en mirar folios y folios de textos que ya no nos expresan, pero que a los malos lectores de estas instituciones les parece la mayor novedad del mundo, perdón debería haber dicho de su provincianismo, y viviéramos en una región donde no ocurre nada, como si no existieran escritores en proceso con una obra.
El Metro y Comfama se ufanan de haber publicado 126.000 ejemplares de esos libros de bolsillo con los mismos escritores que aplazan el presente en Medellín, y en Antioquia, como una contradicción en el departamento más dinámico del país en todos sus aspectos, social y económico, pero nunca en la literatura: desde ese concepto que la concibe como si fuera un cementerio y cada libro una lapida que colocaran a la luz pública para negar a los escritores contemporáneos.
Y es cierta esa negación, pura intolerancia, vicio consuetudinario, desde hace mucho tiempo, ya que quienes realizan estas antologías prefieren dialogar con el pasado, para ocultar y darle una zancadilla a los escritores presentes. Todo esto relacionado con una broma borgiana, acerca de que el mejor antólogo es el tiempo. Mentira, el mejor antólogo son los lectores actuales.
Hasta donde sabemos en el Metro nunca viajan cadáveres ni Comfama es subsidiada con presupuestos para favorecer muertos, pero en cuestión de literatura parece que estuvieran enredados en cantarle a los poetas de las églogas del pasado que persisten como una rémora y a la eterna y despreciable celebración de los muertos, sólo por ocultar el proceso vital de las escrituras presentes.
Irrespeto y desprecio es la bofetada que le dan a los escritores de la ciudad cuando el 28 de octubre le realizaron otro homenaje a Poe, el 30 otro a Lowri con disfraz a bordo. No es que neguemos a nuestros maestros, sino que también esperamos que se la realicen a escritores vivos, no a los únicos tres que son representativos para Comfama y el Metro.
Una literatura late y está presente en sus escritores que expresan la ciudad y nos dan su actitud frente a ella. Lo demás es un refugio, una falsa alegoría al pasado. Los escritores muertos se buscan en las bibliotecas y en las antologías. Los escritores vivos se miran de frente, se critican, se debaten, y se reconocen. A estas entidades y a sus antologistas les falta riesgo personal, actitud y ser respetuosos con sus contemporáneos.
La literatura no es un fraude que se le hace al presente, n eterno funeral, la literatura es lo vital, lo que nos define, no los continuos aplazamientos con homenajes a escritores muertos, ellos ya están reconocidos. Esta persistencia actual es la cultura de un incesante mutuo auxilio y de cementerio. Los lectores de estos pequeños libros pensaran que en Medellín nadie escribe porque continúan leyendo el paisaje mustio de hace muchos veranos.
Miremos las novedades que muestran el atraso cultural y el desprecio de el Metro y Comfama a la literatura antioqueña: Carrasquilla, León de Greiff, Efe Gómez, Porfirio Barba-Jacob, Fernando González, Jesús Botero Restrepo, Piedad Bonnett, Sofía Ospina de Navarro, Francisco de Paula Rendón, Estanislao Zuleta, Jaime Jaramillo Escobar, Marco Fidel Suárez, Rocío Vélez de Piedrahita, Mario Escobar Velásquez, Luis Tejada, Víctor Gaviria, Manuel Mejía Vallejo, Joaquín Antonio Uribe, María Eastman y Amalia Lú Posso.
Antología de poemas de Epifanio Mejía; El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes Saavedra; Antología de poemas de José Asunción Silva; Antología de cuentos infantiles de los grandes maestros de la literatura universal; Antología de cuentos de suspenso y terror de los grandes maestros de la literatura universal; Antología de ensayos de Baldomero Sanín Cano, y Ensayo científico sobre la vida y la obra de Julio Garavito.
No, pues, qué descubrimiento, qué novedad de novedades, signo de que en la publicación, Palabras rodantes, consideran la literatura algo fosilizado. Cuando me entregaron los últimos libros de esta colección, se me cayeron de las manos. Ya los había leído con sus raicillas terrígenas y risibles, con su alegoría a la Antioquia del hacha y con los jorgerobledismos que le encantan a muchos ejecutivos de la cultura. Mejor, me dispuse a leer unos poemas de Darío Ruiz, de Omar Castillo, de Jairo Guzmán, una crónica de Juan José Hoyos, un poema de Jota Arturo Sánchez, otros poemas de Raúl Henao y de León Gil, una novela de Fernando Vallejo, la novela sobre Spinoza de Memo Ángel, un texto de Reinaldo Spitaleta, un cuento memorable de Jaime Espinel, una provocación de Gajaka, un poema de Pedro Arturo Estrada, la reciente novela de Gustavo Gómez o un poema de Mario Ángel.
Publicar muertos es muy fácil, basta saquear textos, no pagar derechos de autor, no reconocer el presente. Lo trascendental es mirar alrededor a los creadores contemporáneos y nuestro deber es leerlos.
El Metro se precia de ser el transponte más moderno del país, accionado con electricidad y sin contaminar. Comfama posee uno de los edificios más modernos del centro, y es una caja de compensación líder en su campo, pero en la mentalidad de los directores, de ambas instituciones, abunda la soberbia empresarial, la necrofilia e irrespeto a nuestros escritores.
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