
27 de marzo,
día mundial del teatro.
Fernando Cuartas Acosta
Corren las mascaradas por la calle, las avenidas se atiborran de zanqueros, hay pitos y flautas y saltimbanquis, maromeros, rostros pintados, niños embrujados, mujeres con largos faldones o con la desnudez sudorosa por los bailes agitados en medio de los parques y en las calles donde el bullicio es pleno. Es 27 de marzo, parece un día de feria en una aldea de Edad Media, más se trata de Medellín, un día de sol en la mañana. Acabamos de ver a Marat-Sade, del Teatro de la Crueldad, de Peter Stephen paul Brook , sala de cine Metro Avenida. La fiesta parecía salir de la pantalla, los disfraces, las comparsas eran parte de ese manicomio de artistas de esta obra de teatro llevada al cine, todo se confundía con todo. Cada uno de nosotros era un personaje desollado, enloquecido, medio muerto y medio vivo, lámparas y antorchas, movimiento en contra vía y sin permiso, en contra de la corriente, banderas y tambores, se llenaba el espacio impidiendo el paso de los carros y seduciendo al peatón a compartir la mascarada. Se celebraron tres con fiesta estrepitosa, con lluvia y sin lluvia, con la catedral Metropolitana invadida por bufones y danzarinas desnudas, con poemas que se repartían al paso de la caravana ecléctica.
Por iniciativa de la Unesco, en 1961, se determinó que el 27 de marzo se festejara el Día Mundial del Teatro. Este día, en todos los países afiliados al Instituto Internacional de Teatro (ITI), se lee un mensaje escrito por alguna personalidad del quehacer teatral. Responsables de hacerlo fueron Arthur Miller, Miguel Angel Asturias, Eugene Ionesco, Pablo Neruda y Jean Cocteau, entre otros. En Medellín las arengas, los textos eran un producto colectivo, no había un gran maestro que hablara como en el caso de la UNESCO, pero sí había poetas que hacían sus manifiestos y los entregaban entre el público. Esto era una iniciativa colectiva de grupos de teatro, artistas plásticos, editores de revistas de poesía, fotógrafos, cineastas aficionados y el público que se unía en un carnaval que hacía homenaje al teatro en la ciudad. Juan Guillermo Rúa en ese entonces había acuñado el término de Medellín la Chicago Latinoamericana, y no era para menos, las muertes violentas, las persecuciones contra los jóvenes que hacían trabajos comunitarios, la desaparición estaba en uno de los períodos de mayor apogeo. La fiesta del teatro, en ese entonces, era a riesgo, no se tenía apoyo oficial, ni se hacía bajo la custodia de entidades oficiales. Lejos estábamos de vernos patrocinados por marcas de cerveza o de fabricantes de licores.
En Medellín se vino a celebrar en los ochenta, algo tarde tal vez, pero es que antes ni se mencionaba tal cosa. Era una motivación juvenil, digamos, mentes jóvenes no importando la edad , que se disponían a participar sin mediar entre esa actividad un pago de dinero, ni prebendas estatales, todo era bajo la fuerza y el entusiasmo, como los antiguos griegos que sentían a un dios dentro de sí, convirtiendo esa fuerza en una capacidad para afrontar las adversidades. Algo muy distinto al optimismo, esa vaga condición de creer que ha llegado la hora de que todo se nos dé y que debemos ser recompensados por nuestras madres, por nuestros políticos, por el sólo hecho de ser lo que somos. Ayer, casi hoy en la mañana, todavía se sentía la fuerza creadora no como una tabla de compensaciones sino como una iniciativa de invenciones múltiples, la orgía festiva unida a una disciplina de artífices.
Tankred Dorso, uno de los teatreros que le toco hacer el texto en el 2003 en la UNESCO , escribía la obra Merlín o la tierra desolada, donde nos habla del fracaso de las utopías, la entrega de la esperanza por dos lentejas y la vergüenza de caer en las limosnas por no hacer dignificar la vida, nos remite un poco a nuestro caso. En un mudo donde se ansia el poder y seguimos débiles y pérfidos, soltamos nuestras flaquezas a rodar entre oficinas sintiendo que en cada puerta dejamos caer nuestros amores. Dorso, decía que el teatro no puede dejar de hablar del hombre, de esa enorme complejidad de los seres en medio del absurdo, de sus torpes batallas y de sus mínimas grandezas. Él mismo decía que el teatro es un arte impuro, en eso radica su fuerza, toma todo lo que pueda encontrar en el camino, no discrimina y absorbe de una manera vital. El teatro sigue vivo, Tankred Dorso, es heredero de Ionesco, Giradoux y Beckett, indiscutibles transformadores del teatro como piezas vitales para conjurar los miedos, trasformar las rutinas en irreverencias sustanciales, no hacer imposturas sino tomando la máscara para burlarse de todo tipo de soberbia.
Asi, hoy los que todavia pueden escanciar el vino sin solemnidades, hagamos un brindis por un celebración del teatro más amable, más poética y menos apestosa dentro de los camerinos del Estado. La calle es nuestra, las gradas de los templos, la pequeña sala de barrio y las mangas donde se elevan las cometas haciendo una teatralidad en el cielo.
Muchas gracias, amigos del teatro…
Fernando Cuartas Acosta.



